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La trama discurre alrededor del tema del asesinato como juego, tal como su título indica, donde Ramón (Darío Grandinetti), un profesor universitario de filosofía, es detenido como principal sospechoso de la desaparición de Laura (Goya Toledo), que resulta ser su ex-mujer. El film transcurre mayoritariamente en dos únicos escenarios: el sórdido sótano de la casa de Ramón, un moderno bunker perfectamente equipado con los últimos avances para perpetrar horrendos crímenes, mesa de disección, variado utillaje en perfecto estado de revista, tablón para recortes de prensa aireando sus proezas, incluso polaroids que esconden luctuosos momentos, moderno mobiliario, decía, donde perpetrar apasionantes torturas así como televisores, cámaras y equipo a la sazón para grabar todo aquello que guste airear. Hay una mirada irónica, si se me permite decir, de los elementos propios de un film típicamente fantaterrorrífico, pues como se verá, se juega con el poder de sugestión de éstos sobre las expectativas ampliamente hemoglobínicas que se prometen inicialmente, y si la memoria no me falla, ni una sola gota de sangre veremos. El otro escenario es la sala de interrogatorios propia de cualquier film policiaco. Y el elenco de actores es igualmente reducido puesto que a los ya presentados, sólo acompañan un dialogante y sosegado comisario Espinosa (Fernando Guillén) y su, algo más ardoroso, ayudante. Y transcurre con una precisión admirable encadenando secuencias, alternando ambos escenarios, a modo de confesiones: por una parte las del propio Ramón declarando ser un asesino en serie ante su atónita víctima y las escenas de dialéctica asesino-víctima son un juego ambigüo entre el bien y el mal donde los papeles se confunden e intercambian (1); las confesiones de Ramón a la policía se encadenan con escenas entre Ramón y Laura a modo de flash-backs donde las víctimas somos los espectadores, incapaces de distinguir, maniatados por ese charlatán que es Ramón, mientras su confesión a la policía parece señalar lo contrario y nos debatimos ante la contemplación del asesinato como hecho estético para terminar viéndolo como un acto de amor en los límites de la más honda locura, y el asesino es además víctima. Dentro de la valoración interpretativa, considero que Grandinetti cumple notablemente con ese matiz dual negativo-positivo de villano y culpable bueno a la vez, estableciendo un saldo favorable entre verborrea villana y calculada ambigüedad; de hecho su papel vertebra todo el film quedando todo lo demás en un segundo plano, incluso Goya Toledo, su cercana partenaire, aparece algo más difuminada. La puesta en escena resalta por su acertada economía de medios, donde el suspense de la trama está felizmente marcado por el diálogo, lo que la verdad esconde, lo que el avezado degustador de cine de horror espera, de los clichés típicos del cine de género: el bueno del Dr. Lecter pillado de farol. Y el resultado es un discurrir que se disfruta intensamente secuencia a secuencia. Palabras encadenadas es un muy buen film que supera ampliamente las expectativas de quien esto escribe, dentro del último cine español de género, imagínense mi asombro, paralelo al de la víctima protagonista, tras asistir a semejante confesión de su verdugo a las primeras de cambio, ver como el futuro de la chica indefensa se va a dirimir al juego de las palabras encadenadas y mi rol de espectador es maravillosamente zarandeado, cual escéptico comisario, a través de un juego entre el bien y el mal, la justicia y la venganza. En este sentido, el último plano del protagonista, que cierra la película tal como empezaba, apagando la cámara y la reveladora grabación, resulta esclarecedor.
(1)
“Cuando leí la obra me recordó muchísimo a La huella, de Mankiewicz,
donde todo es un juego en el que nunca sabes realmente quién es el bueno
y quién es el malo. Hay un psicópata, hay una víctima, y hay que darle
vueltas: ¿quién es el uno, quién es el otro?”. “Así, el espectador nunca
sabría quién es el culpable. Y esa fue, realmente, una de las cosas que
más me atrajo de la historia.” (Extractos de la entrevista a Laura Mañá.
Revista Dirigido por … , Nº 322, abril de 2003) Calificación: 6,5. Fox Rodríguez, diciembre de 2004.
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